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Fragmento de la grulla



Tantas coincidencias me tienen loco.

"Palabras volátiles, tu conversación era tan confusa que apenas me tenía en pie, del amor al odio hay un sólo paso como decían los viejos románticos encasillados.

Cada vez que te veía era como recibir una paliza, los ataques continuos, las faltas de respeto, no sabía que había hecho para haber sembrado tanto odio. Sin embargo, tú asegurabas que no era así, que era yo el que ofendía, que no sabía apreciarte y que no significabas nada para mí.

Ese sería el último día que cruzaríamos las miradas, lo sabía sobradamente, pero tú hacías entender que no sería así, decías que algún día volverías a mis brazos, como en aquella canción que te enseñé hace tanto.

La sensibilidad está sobrevalorada, recuerdo cuando te conocí, aquella grulla de papel, la poética del absurdo, aún sigo haciendo aquellas alimañanas artificiales, pero cuando hice la novecientos noventa y nueve me rendí, dejé de creer, supongo que me conformaba con poder ver esos ojos con rasgos asiáticos que tanto me gustaban.

Algunos domingos me quedaba mirando fijamente a esa última grulla de frágil material en la esquina de mi escritorio, impasible, observándome en silencio hora tras hora, casi haciéndome perder el juicio recordándome lo que nunca conseguí. En un arrebato de furia la agarré como si estuviese viva, casi enajenado me propuse un nuevo reto ya que no conseguí lo que tanto había deseado, decidí huir de todo aquello, y como si de un cuervo se tratase me dispuse a escribir algo en sus alas.

Mi mano deslizaba la pluma de forma temblorosa, iba creando un trazo irregular sobre la endeble piel de ese animal ficticio, y cuando por fin terminé, alejé la mano lentamente hasta que pude leer las dos palabras que terminarían conmigo, la ironía del subconsciente, aquel guiño absurdo a un cadáver que escribía, "Nunca más"."

Fragmento de "La grulla", relato de Frederick P. O'connor

Burdeos de Frederick P. O'Connor



Fragmento

"Once días y diez horas desde la última vez que la vi, estaba radiante como nunca, sus ojos oscuros reflejaban mi rostro atónito ante su vestido burdeos.

Di una calada a mi cigarro intentando disimular mi nerviosismo, cuando ella acercó sus lánguidos dedos hasta mi dosis de cáncer y la tiró al suelo de forma desconcertante, me dijo que no me pegaba fumar, que no fuese de tipo duro.

Tragué saliva y le pregunté por su día, que me contase las mierdas de siempre haría que se distrajera, así no podría darse cuenta de lo mucho que sentía por ella.

Pasé treinta minutos mirando sus labios rojos soltando palabra tras palabra, daba igual lo que dijese, yo sólo quería mirar esa boca bailar al son de temas triviales, como hipnotizado. Mis ojos zigzagueaban como con vida propia, alternaba sus ojos con sus labios en un compás absurdo que no iba a ninguna parte.

Intento memorizar cada palabra como si fuese el examen más importante de mi vida, no quiero olvidar ni una coma, no quiero suspender. Si supiese las veces que pensé en ella cuando compuse aquellas canciones que nadie oiría jamás, me miraría con otros ojos, seguramente, me miraría mal."

Frederick P. O'Connor

Los relatos perdidos de Frederick P. O'connor



Fragmento:

"...dos de la mañana y no consigo dormir. Sigo esperando una llamada, una llamada que no llega y aunque aún no lo sepa, no llegará jamás.

El Lexatín que hace dos horas entró en mi estómago debería haber calmado los nervios que hacían temblar mis manos hasta el punto de no acertar a coger el teléfono si alguien hubiese llamado, pero nadie llamó.

Pienso en sus ojos mientras intento dormir, los veo nublados, algo turbios, meses atrás eran diferentes, brillaban de un modo especial, pero ya no, aunque intento pensar que son cosas mías. Quiero creer que lo sabe, no lo sabe, lo sabe, no, creo que sí, quizás todo lo que hace es porque lo sabe, o quizás no lo sepa y sea yo quien cree que hace cosas que en realidad no hace.

Solía escribirle cuando no podía dormir, solía pensar que era mi musa, pero ahora no está y sigo escribiéndole como si siguiese sentada a los pies de mi cama donde nunca estuvo, ahora sé que no estará, pero sigo imaginándola como aquella vez en Borneo.

Nunca le escribí estas palabras porque jamás las leerá, o quizás las lea y no recuerde mi nombre, y le dirá a Bea que ojalá alguien le escribiese algo así, que caería rendida a los pies de un hombre que supiese transmitirle lo que siente de esta forma. Pero entonces recuerdo, que son las dos de la mañana, y sigo sin poder dormir..."

La noche de Judas. Frederick P. O'connor

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